Amaba el crepúsculo, por ello le decían “el crepuscular”. Todas las tardes, cuando los jornaleros regresaban del quehacer cotidiano, Lucas caminaba en sentido contrario a aquellos hombres con olor a sol. Era parte de la rutina diaria encontrarle camino al cerro en su andar pausado y reverente. Indiferentes, lo pueblerinos urdían historias acerca de su ritual vespertino. Unos decían que servía de mensajero a algún ricachón de uno de los pueblos ubicados al otro lado del cerro; otros, que le tenían por loco, aseguraban que se andaba todo el camino hasta la cima del cerro y luego regresaba para comenzar de nuevo. Lo cierto es que Lucas sólo iba a contemplar el crepúsculo. Desde que sus colores aparecían sobre el apacible cielo hasta el umbral de la noche, permanecía estático, como poseído por el fenómeno multicolor. Al tender la noche su pañoleta bordada de escarcha. Lucas, perezosamente, extendía su siniestra hasta el suelo para impulsarse hasta quedar de pie. Entonces, daba la vuelta hacia la vereda que lo caminantes marcaran con sus pisadas para señalarles la ruta en pos de la tranquilidad.
“Lucas, ¿qué vas a hacer a la montaña?” preguntaban al hombre con insistencia, a lo que él respondía con una enigmática sonrisa. A nadie revelaba su secreto. Hay quienes cuentan que vino hace mucho tiempo de un pequeño pueblo en donde prometió jamás contar su relación con el crepúsculo. Se decía que allí reveló su confidencia a uno que, aparentando una gran amistad, le arrancó su secreto para contarlo a los demás, burlonamente.
Poco se le veía hablar, no obstante, era dado a sostener largas conversaciones con algunos niños del lugar. A uno de esos niños Lucas prometió revelarle el secreto que celosamente guardaba, “Siempre y cuando después de muchos años siga valiendo tu amistad, pues los años arrojan piedra al corazón de mucha gente”.
A menudo se le oía decir: “Hay muchos que se dicen ser tus amigos cuando la fortuna y la alegría están contigo; pero cuando la soledad y la fidelidad a un ideal endurecen tu vida, entonces te dan la espalda para abandonarte: sólo cuando la mala suerte les llega, regresan a ti en procura de compañía”.
Los años del pacto habían pasado, Aquel niño de la promesa ya era un hombre, Pero aún guardaba en su memoria lo que Lucas le advirtiera: “Siempre y cuando después de muchos años…” Lucas ya era un anciano. Una tarde, cuando el viejo cumplía con su ritual se le acercó aquel hombre. “Lucas”, le dijo, “soy aquel niño a quien tú…” “Lo sé” interrumpió el anciano…” vienes para que te cuente mi secreto… mi gran secreto”.
El viejo le invitó a sentarse. Sus ojos cansados se inundaron de lágrimas.
“Hace muchos años” dijo, “cuando yo era niño, mi madre me trajo hasta aquí. Así lo hizo por muchas tardes hasta que murió. Era aún muy chico cuando me dejó. Desde entonces, para recordarla he venido al cerro a contemplar el crepúsculo. Una tarde, cuando la oscuridad de la noche se acercaba, la vi bajar desde una nube que se desvanecía. Se detuvo a escasos metros de mí y hablamos por largo rato. Es por eso que vengo aquí y por eso sabía que vendrías.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario